viernes, 26 de octubre de 2012

CAROLINA HERRERA


EL VALOR DE LAS COSAS
La diseñadora Carolina Herrera. FOTO: GtresonlineEl otro día leí una entrevista con Carolina Herrera, una mujer que me cae bien y cuyo trabajo admiro, porque es consecuente con su mundo y lo proyecta con gracia y tesón, que me dejó un poco perpleja. Se la hacía un gran periodista y sociólogo, una persona que siempre he encontrado delicada, curiosa y penetrante. Esta vez, en cambio, me dio la impresión de que, o bien la entrevistaba desganado, o bien empecinado en ignorar a quién tenía delante, o definitivamente, que llegaba ante ella lleno de prejuicios.
Pensar que Carolina Herrera es sólo una señora millonaria de buenísima familia que ha colocado sus caprichosos modelos en el mercado gracias a sus contactos en la prensa especializada de alta gama, y que su éxito internacional se debe a que controla a los 'happy beatiful' del momento, es simplificar las cosas injustamente o estar muy mal informado. Ya decía arriba que los prejuicios no son buenos consejeros y que a menudo las personas ajenas a la moda los utilizan para defenderse de la fascinación que ejerce sobre toda clase de personas, y sobre los intelectuales especialmente.
El caso es que, tras acosarla un poco, por fin encontraba un filón para descolocarla: ella no sabía cuánto costaba un modelo de su propia colección. ¡Tremenda irresponsabilidad! ¡Pecado sin cuento! ¡Ajajá, una amateur! Pues no, la verdad.
¿Ignora acaso el inquisidor que existen dos valores, ya desde Marx, que son el valor de uso y el valor de cambio? ¿Supone que un creativo, y ella lo es de su marca, tiene la obligación de atender al valor de cambio, es decir, al precio, en lugar de concentrarse en el de uso, o lo que es lo mismo, el placer que un vestido despierta en los sentidos de quien lo adquiere, o sencillamente, de quien lo contempla en un desfile o en un escaparate?
Ella, una mundana satisfecha de serlo, y al mismo tiempo una trabajadora incansable, le respondió con ironía que en su casa la educaron muy mal asegurándole que hablar de dinero era una cosa horrible, de pésimo gusto. A mí, que procedo de una familia de campesinos castellanos, también me enseñaron en mi casa que el precio de las cosas no se dice. Por lo visto, esto también se ha vuelto demodé o sospechoso.

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